Vamos embora, galera! (“¡Vamos todavía,
gente!” Maratón de Río de Janeiro, 28 de junio de 2009).

Como quien no quiere la cosa, llegó mi
vigésima tercera maratón y tocó la “cidade maravilhosa”.
Arribamos a la ex capital brasileña el jueves y ya el
viernes fuimos a la “expo” a retirar el dorsal y el “kit”
del corredor. Especial destaque merece la forma en que allí
fuimos atendidos. Al darse cuenta los voluntarios por
nuestro acento de que éramos extranjeros nos atendieron como
si fuéramos atletas de elite o gente importante. No hicimos
cola, nos hicieron sentar en un sofá e hicieron todos los
trámites para nosotros mientras aguardábamos, algo que nunca
he visto ni en Europa ni en los EE. UU. Tamaña eficiencia y
amabilidad son propias de los cariocas, sin duda. Pero es
probable que estén incentivadas por el deseo de la ciudad de
ser sede olímpica en 2016, campaña que ya está en curso con
amplia publicidad en los espacios públicos.Ya contando
detalles de la carrera, lo más importante es que la
temperatura no ayudó pues hacia 21 grados y mucha humedad,
muy probablemente por arriba de 80 %. Y hay dos subidas
bravas, especialmente una de ellas, en la Av. Niemeyer para
los que conocen Río de Janeiro. La primera del Km. 21 Al 23
y la segunda del 25 al 27, donde está el Sheraton de Sao
Corrado. La carrera transcurre en su totalidad por la “orla”
(rambla) desde el extremo sur de la ciudad, al final del
Recreio dos Bandeirantes (Recreio Tim Maia es exactamente el
lugar de largada), hacia el norte pasando por Barra da
Tijuca, Sao Corrado, Leblon, Ipanema, Arpoador, Copacabana y
Botafogo para terminar en el “aterro” (terraplén) de
Flamengo, ese magnífico parque diseñado en los años 60 por
quien probablemente haya sido el mayor paisajista brasileño
que fue Burle Marx. Todo el parque es terreno ganado al mar,
o mejor dicho, a la bahía de Guanabara.
Momentos
antes de la largada nos aproximamos al lugar donde,
separados de la multitud, esperan el instante cero los
atletas de elite. Sus cuerpos “biafranos” de tan flacos, que
ninguna mujer calificaría de hermosos, son para nosotros los
corredores el arquetipo de la perfección y la hermosura.
Pero ni siquiera un atleta de elite puede o debe subestimar
la distancia áurea de los 42.2 Km. En el Km. 21 pasamos a
uno de ellos que había “pinchado” allí y en el 41, faltando
apenas un kilómetro, otro de los “africanos” (al menos eso
parecían) estaba tirado en el medio del asfalto.
Una característica de esta maratón que
nosotros apreciamos mucho, es que si bien la jornada incluye
media maratón y hasta una “family run” de 7 Km., las tres
competencias arrancan de lugares completamente diferentes,
muy distantes uno de otro, evitando que quien va a correr
los 42 Km. comience con otro atleta que hará una distancia
mucho menor, lo que para mí no es bueno. En total, si se
suman hombres y mujeres de las tres pruebas, había 15 mil
inscritos. Otro aspecto positivo es que la carera nunca pasa
dos veces por el mismo lugar. Odio los circuitos que lo
hacen, siendo el más extremo el de la maratón de Montevideo
que condena a los atletas a pasar ocho veces por un mismo
punto, algo terriblemente aburrido.
Una
anécdota: durante la carrera sentí que me picaba la planta
de un pie. Al llegar a la meta y cambiarme las medias por
otras secas que había tenido la gentileza de llevarnos
Fernanda, la mujer de Marcelo, me di cuenta que había
corrido sin plantillas lo que pudo ser trágico por el
impacto que implica sobre los pies y rodillas. Pero
felizmente no hubo ninguna consecuencia negativa que
lamentar.
Si lo antiguos marinos napolitanos
acuñaron el conocido lema Ver Nápoles, después morir,
yo creo que esto hoy bien puede decirse lo mismo de Río de
Janeiro. Fue la infinita belleza del litoral carioca nuestro
EPO, sus verdes, sus islas, sus olas, su gente, sus árboles
y arbustos omnipresentes y exuberantes eran una fuente
inagotable de motivación. Solo París puede competir con Río.
Todas las demás ciudades, Praga incluida, solo pueden
aspirar al tercer box del podio.
El ganador en hombres fue el pernambucano
Marcos Antonio Pereira, cuya alegría puede Ud. ver en la
foto al final de estas líneas, con 2.17.10. Le ganó a los
favoritos kenianos Willy Kongogo y
Robert Cheruiyot, que salieron segundo y cuarto
respectivamente. Desde 2003, ningún extranjero consigue
ganar la maratón de Río de Janeiro, algo raro si se tiene en
cuenta el predominio que los africanos tienen en casi todas
las maratones del mundo.
Nosotros pusimos 3.29.49 lo que nos ubicó
en la posición 330 de 1868 hombres que completaron la
maratón, o sea, 17.6 percentil. Yo salí en la posición 27 de
216 en mi faja etaria (hombres de 50 a 54 años) o sea 12.5
percentil. Marcelo en la posición 56 de 327 en la suya (45 a
49) o sea 17.1 percentil. Este tiempo fue además marca
personal para Marcelo, lo que sumado al pasaje a Boston que
compró en Río de Janeiro hace de esta jornada algo
comprensiblemente inolvidable para él. Para mí fue el cuarto
mejor tiempo de mis 23 maratones (tengo 3.20.30 en Barcelona
que espero no solo recuperar, sino superar). Ambos
terminamos enteros como para pegarle mañana a la bici o
meter un fondo.
En mujeres ganó la también brasileña
Marizete de Paula con 2.42.46. Yo siempre menciono la
victoria femenina, pues una carrera no tiene un vencedor
sino dos. Ganar en mujeres es tan difícil y meritorio como
hacerlo en hombres, pero muchos se quedan con el primero en
cruzar la línea de llegada, que necesariamente siempre es
hombre.
Nuestro
éxito y gran tiempo obtenido en Río de Janeiro es fruto del
trabajo duro pero fruto también de la calidad profesional de
nuestro entrenador, Gastón Aldave a quien debemos gran parte
de este triunfo. Y también a nuestra nutricionista, Patricia
Minuchin que nos hizo perder a cada uno 5 Kg. de lastre sin
perder fuerza, al contrario, nos sentimos ambos mas fuertes
que antes. Llegamos de la mano, corrimos todo el tiempo
juntos, con profesional regularidad en 5 min. +/- 15
segundos todos los Km.
Trabajar duro durante meses paga. No
comer comida inadecuada, no beber alcohol, paga. Pedalear en
la reserva al mediodía, paga. Uno luego de un día como este
no hace otra cosa que reforzar la convicción absoluta de que
este es el modo de vida de uno por más que los sedentarios
no lo entiendan. Si algo hay para hacer aún más
estrictamente en el futuro, ambos lo haremos. Los resultados
motivan a ello. Estimulan, convocan.
Ahora Marcelo correrá la maratón de
Boston, la más noble y selecta del mundo, pues con este
tiempo califica para ello. Yo ya la corrí y mi lema es no
repetir ciudades. Como los marineros, que aman una vez y
cambian de puerto, yo corro y cambio de ciudad sin repetir
asfaltos, sin volver la vista atrás. Como decía Machado,
viendo la senda que nunca he de volver a pisar. Así que
nuestro equipo se separa, pero solo por una vez. Antes
corremos juntos La Misión (150 Km. de montaña en una etapa
en la Patagonia, con mochila) y el Columbia Cruce de los
Andes (100 Km. de montaña en tres etapas a través de la
cordillera de los Andes). Luego él corre Boston y yo la
Marathon des Sables (240 Km. por el desierto de Sahara con
temperaturas de hasta 50 grados, con mochila cargada), estas
dos últimas en abril 2010.
Corrió un indio –ver foto adjunta-,
descalzo y con todos su atuendos tribales –sombrero de
plumas, pollera de paja- y demoró apenas un minuto más que
nosotros, algo increíble que obviamente trajo a nuestras
memorias la gesta que creíamos irrepetible del etíope Abebe
Bikila que en la maratón de las Olimpíadas de México 1970
también compitió descalzo y obtuvo medalla de oro. Cuando le
pregunté al indio si de veras iba a correr descalzo –estaba
a mi lado en la largada- me contestó: “No sé correr de otra
manera”.
Mención aparte merecen los muy frecuentes
restaurantes por kilo de Río de Janeiro. Nos permitieron
hacer la mejor carga de carbohidratos (“carboloading”) que
yo recuerde haber hecho en todas mis maratones. A precio
razonable, se puede comer muchos carbohidratos y de fuentes
variadas, no solo pasta.
A la línea de llegada no llegamos solos.
Con nosotros estaban de alguna manera presentes Vicente,
Rubén y Gastón. Pa´ que naides quede atrás.
